04 Abr Ejemplo de un mal proceso de adaptación en una escuela infantil (1ª parte)

No mami, te digo que tengo 25 años de experiencia y sé que lo que propones no funcionaría, por lo que éstas son las normas y no puedo dejarte que entres porque no podemos hacer excepciones. Los niños tienen que sufrir y no pasa nada por ello”.

Y con esa frase acaba la historia. Para mi todas y cada una de las palabras que contiene van en contra de lo que sería una “buena educación”, una educación que nos permita desarrollar a futuros adultos que sean capaces de adaptarse, capaces de desarrollar una inteligencia emocional que impacte positivamente en sus vidas, en sus trabajos, etc.

Hace tan solo unas semanas viví de primera mano un proceso de adaptación en una escuela infantil (o igual en este caso la debería llamar “guardería a la antigua usanza”).

Desde antes de nacer Giorgio y Leone (hace 21 meses), reservé un par de plazas en una escuela infantil, ya que me decían que si no después podría ser difícil que encontrara una plaza. Hasta el momento han estado educados en casa con dos personas encantadoras, primero Cristina y después Mar. Ellas han colaborado en lo que creo que era más importante en estas etapas: abrazarles, acunarles, pasearles, cantarles y jugar con ellos…¡ese era el proyecto educativo de sus primeros meses de vida!

A partir de navidades, tuve la sensación de que ambos pedían más acción, más compañeros de juego, más movimiento, más aprendizajes por lo que sentí que era el momento para empezar su nueva etapa. Y entonces me encontré con ese tipo de situaciones que pensaba que ya habían pasado a la historia…

El primer día fueron tan solo un par de horas. Nos dejaron entrar al hall y entonces se los llevaron por aquel largo pasillo con la pena más grande que he visto en mi vida por parte de un niño. En este caso Leone. Giorgio, hizo un proceso de adaptación sin más, sin lágrimas y creo que sin sufrir. Lo único que sé es que dos horas después cuando les recogí, Leone volvía a salir con una tristeza como nunca antes había visto y con los ojos morados de tanto llorar. Esto es algo curioso ya que no suele capaz de llorar por algo más de 30 segundos…

El segundo día, la misma situación. Y en este caso ya no solo empezaba la situación en el hall, sino en la misma puerta de la que no me dejaban pasar para dejarlo ni para recogerlo.

Y el tercer día, cambió la situación simplemente porque soy de esas personas que en educación no se quedan de brazos cruzados sino que SIEMPRE creo que puedo aportar algo desde toda la experiencia acumulada en este campo durante mi vida profesional.

El tercer día llegué a la puerta, y traspasé el lugar prohibido…¡en todos los sentidos! La abrió la directora, me colé y le dije:

– Buenos días, hoy les voy a entrar yo a la clase porque creo que con el simple hecho de que les entre de la mano, saludo a la profesora y cuando ellos me ven hablar con ella, se relajan y se quedarán mucho más tranquilos. De ese modo, evito que Leone tenga que sufrir de la forma en la que lo está haciendo.

Y ahí su brillante respuesta:

– No mami, te digo que tengo 25 años de experiencia y sé que lo que propones no funcionaría, por lo que éstas son las normas y no puedo dejarte que entres porque no podemos hacer excepciones. Los niños tienen que sufrir y no pasa nada por ello.

– Mira, de otras cosas no tengo ni idea en la vida, pero sí de cómo hacer este proceso más suave. Conozco a estos niños desde hace 21 meses, y les he dejado ya en situaciones similares y sé que con solo entrar con ellos, les va a facilitar su adaptación.

– No mami, es que así son las normas aquí. Eso que tú dices no funcionaría, va a llorar de la misma manera.

– Sé que tiene que llorar, lo sé, pero no es necesario causarle más dolor y frustración del que hace falta. En muchas escuelas que conozco, los primeros días pasan por una adaptación progresiva y los padres pueden compartir incluso alguna hora. Yo no estoy pidiendo eso, tan solo que me dejéis entrarlo de la mano.

– Dudo yo de que en “esos sitios” trabajen mucho- me respondió.

– Mira, yo no traigo a los niños para que con menos de dos años TRABAJEN. Mi única intención es que jueguen, que se diviertan, que rían, bailen, escuchen cuentos y aprendan a respetar a sus compañeros. No necesitoque trabajen.

– Lo siento, éstas son las normas y no hay excepciones- volvió a concluir.

¿Cómo que no pueden haber excepciones? ¿Dónde hemos llegado con las normas? 

La próxima semana, analizaremos con detalle todos los riesgos y peligros que implica el lenguaje de esta “especialista en educación”.  De momento, Giorgio y Leone no han vuelto a este espacio, porque después de varias noches sin dormir, mis sensaciones me decían que no era ni su lugar ni el mío.

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Reme Egea_Formación para docentes

Reme Egea

Maestra de Educación Física, Formadora en Habilidades Directivas y Gestión de Equipos, Psicóloga, Creadora del proyecto Train The Trainers, Conferenciante, consultora y socia de Proformación S.L.

Reme es una de esas atrevidas aventureras, de las que luchan por los sueños, una de esas apasionadas que nunca tira la toalla.

3 Comments
  • Nuria
    Posted at 18:19h, 04 abril Responder

    Uuufff Reme,ben fet. Fuig d’ahí.

  • Itziar
    Posted at 19:18h, 04 abril Responder

    Cómo maestra de educación infantil no puedo llegar a entender a esta «compañera». Mis padres los acompañan hasta la misma clase, participan en rutinas y realizan muchísimas actividades dentro y fuera del aula ( taller de chocolate, galletas, pintura, excursiones a granjas…). Y no puedes ni imaginar la felicidad que desprenden mis niños! Es muy importante conocer y saber que necesita cada uno de ellos.

  • Andrea
    Posted at 12:21h, 05 abril Responder

    Sobre todo incluir a la familia en el proceso de educación en el aula. Que sean sabedores de nuestras prácticas y colaboradores, nadie mejor que ellos conocen a nuestros alumnos.
    Lo más importante es la transparencia y comunicación.

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